Había contado cada uno de los días, las
horas, los segundos para que llegara aquel día. Ya hacía cuatro
meses que lo esperaba con las más grandes de las ansias. Su corazón
se aceleraba de tan solo pensarlo.
Mañana.
Todo empezó luciendo como un día
normal. Los pájaros aún no cantaban por lo temprano que debía
levantarse para ir a trabajar. La alarma suena como de costumbre y
ella debe apagarla. Se toma un vaso de agua que se encuentra en la
mesita de noche al lado de su cama y después coloca los pies encima
de sus sandalias. Espera unos minutos para que su cuerpo termine de
levantarse y luego, automáticamente, se pone de pie. Sus ojos se
dirigen inmediatamente a aquella maleta que se encontraba en la
esquina de la habitación. Silenciosa. En espera.
Que empiece el conteo.
Según pasaban las horas, los
acontecimientos marchaban como de costumbre. Aunque dentro de su ser,
la emoción se estaba cociendo y la adrenalina comenzaba a subir.
Pasadas las once de la mañana, Estella ya no toleraba el latido de
su propio corazón. Quería salir disparada de su ambiente laboral y
comenzar la aventura que adquirió con el sacrificio de sus bienes y
el esfuerzo de su alma atormentada.
Ella lo merecía.
Ese día, era la culminación de una
etapa oscura en su vida. Enterrar los muertos y florecer a través
del estiércol que irónicamente, le sirvió como el mejor de los
abonos.
Tuvo que irse temprano, salir. Quería
acercar más las horas, independientemente de que ellas solas sabían
el camino que debían recorrer. Lo habían hecho durante los últimos
cuatro meses por lo que solo era su ansiedad anticipada al gran
evento. Llegó nuevamente a su casa y decidió relajarse.
Pero, no pudo.
Al entrar a su habitación, ahí estaba
aquella maleta. Y sonrió. Sonrió como no había sonreído en lo que
parecía una eternidad. Sus ojos se llenaron de las llamadas
lagrimas de felicidad y empezó a prepararse para la hora cero.
No iba a morir. Empezaría a vivir.
Faltando sólo seis horas para el
despegue, comenzó a pasillar. Para su suerte, contaba con suficiente
carga para poder escuchar algunos de sus discos favoritos. Arribó al
número que le habían asignado y en ese mismo momento, la esquina de
sus ojos recibieron una energía que movieron cada hueso de su
cuerpo.
“Joder. Dios, acaso tú no cojes
esa?”, pensó.
No aquí, por favor. No donde todo
individuo es enemigo, donde cada quien tiene que velar por sus
bienes, donde ya muy pocas veces se escuchan fuertes carcajadas al
menos que andes con familiares o en grupo; y ni así. No en el lugar
donde todo el mundo es considerado un terrorista.
“Joder”, murmuró.
No sabía que hacer por lo que continuó
pasillando. Recorrió el mismo camino dos veces antes de tomar una
decisión. Se sentó dándole la espalda. No quería afrontar nada.
No era ni el lugar ni el momento según ella. Pero la vida le tenía
otros planes. La batería de su celular comenzó a drenarse
rápidamente y continuaban los cambios en la hora del despegue
postergándose cada vez más, por lo que las matemáticas no cuadraban
y tenía que hacerlo. Debía cargar su celular. Eso requería una
cosa.
Acercársele.
Al llegar al pilar de los
tomacorrientes, levantó su mirada por una fracción de segundo y fue
allí cuando le vio claramente. Entonces, desaparecieron todas sus
dudas. Ella,al ser muy intuitiva, sabía que era él el que habían
visto hace unos momentos por la esquina de sus ojos. Era su energía.
Y Santo Padre Amado, como se sentía atraída por aquella fuerza. Se
sentó, mirando directamente a donde había colocado su celular y no
le quitó los ojos de encima al aparato; salvo los segundos que se
usan para parpadear. Y luego pasó.
Sonó el celular.
Quién le hubiese dicho a ella que ese
momento sería uno para la historia.
Sentía que sus pies se movían pero no
recordaba el momento en que su cerebro les dijo que se pararan y
caminaran. Tomó la llamada y sonrió, eran buenas noticias. Terminó
la llamada pero empezó la sensación. Sintió un corrientazo.
Aquella persona, ese que había visto desde una esquinita de sus ojos
y que luego vio totalmente por una fracción de segundo, comenzó a
platicar con ella.
Click.
Recuerdan cómo en las películas
supuestamente se detiene el tiempo? Pues así pasó con esas dos
almas. El tiempo voló y ninguno supo a donde fue. Cabe destacar, que
en el transcurso de todo esto, inocentemente intercambiaron sus
números. Llegó la hora de despedirse ya que a pesar de que se
dirigían al mismo destino, no compartían la misma aeronave. La
escoltó hasta la misma entrada, donde se encontraba la agente de
inmigración, donde ya no le permitirían el paso, porque ese no era
su vuelo. Se miraron, intercambiaron unas últimas palabras y se
abrazaron. Se detuvo el tiempo nuevamente. Los segundos se tornaron
en hielo, duros como la roca, parecían no moverse, pero la realidad
era otra. Ella debía abordar. Y lo hizo.
Llegó a la siguiente madrugada. Por un
momento, lo que había pasado el día anterior parecía un sueño o
un recuerdo distante. Su emoción subió porque sabía que estaba a
solo unos minutos de
re encontrarse con su amiga del alma.
Salió y vio a una multitud, pero no los veía a ellos. Decidió
dirigirse hacía la salida, cuando escucho aquella diminuta voz
pronunciando su apodo. Miró. La vio y su corazón lloró de una
felicidad inmensa. Todos se dirigieron hacia la salida.
Click.
Se detuvo por una milésima de segundo
y miró a su alrededor pero no vio nada.
Cuando volvió su enfoque, se percató
de que su amiga le pasaba un chaleco blanco para el frío. Se lo puso
y se dirigieron hacia el vehículo. La primera, de una de las mejores
noches de su vida apenas empezaba.
Conoció al esposo de su amiga y a la
hermana de él. Seres espectaculares. Fue una noche de las carcajadas
más largas que Estella había tenido en todos su años de vida.
Dentro de todo esto, se tomó unos minutos para mandarle un mensaje a
Joel y fue cuando descubrió que no podía ponerse en contacto con
el. Intentó llamarlo para avisarle que había llegado bien y para
preguntarle lo mismo (como habían quedado antes de despedirse), pero
la llamada tampoco salía. Le invadió la preocupación. Comenzó a
temer que todo lo vivido quedaría en ser solo un sueño, un
recuerdo. Comentó sus nervios a su amiga y esta le aseguró que en
la casa tendrían señal para que ella se pudiera comunicar con el.
Disfrutó el resto de la noche.
Las dos chicas hablaron horas muertas.
Tenían demasiado que contarse. Hablaron tanto que se quedaron
dormidas cerca de las seis de la mañana.
Al despertarse, pudo conseguir señal y
fue cuando le entraron los mensajes. Se había comunicado con ella
esa misma madrugada. Sonrió. Luego le contestó. Y así se
mantuvieron en contacto; mediante mensajes de voz y de texto, hasta
que pudieron coordinaran para volverse a ver. Sus amigos y ella se
encontraban perdidos en la gran ciudad pero estaban muertos de la
risa debido a eso. Nada, absolutamente nada podía terminar la
felicidad que vivían a pesar de estar perdidos. Lo tomaron como una
aventura. Caminaron cuadra tras cuadra sin encontrar su destino y fue
cuando finalmente decidieron caminar y asimilar la grandiosidad de
aquel lugar. Simultáneamente, se estaba poniendo de acuerdo con él
para poder verse.
Quien le hubiera dicho a ella que la
gran manzana sería el lugar donde se escribiría todo lo que pasó
durante su estadía en el país de los sueños.
El punto de encuentro fue en la 42nd
con 8th street. Los amigos de ella sentían los nervios
que ella les transfería pero que al mismo tiempo intentaba calmar.
Ella podía sentir cada paso que daba y cada respiro que tomaba.
Llegaron al punto. No vio a nadie. Llamó y preguntó por su
localización geográfica. Al minuto lo sintió.
Click.
Se dirigía hacia ellos a través de una
gran multitud. El encuentro fue lo más natural del mundo. Y fue
entonces presentado a una parte de su círculo de amistades.
Terminaron todos en un pequeño bar, compartiendo y relatando
anécdotas. La noche terminó más rápido de lo que esperaba pero
sentía que no sería la última vez que lo vería. Pasaron varios
días en los cuales ocurrieron llamadas telefónicas, mensajes de
texto y de voz, mensajes de buenos días, de buenas noches y demás.
Una noche lograron salir. Solos.
La denominada primera cita.
Estella se encontraba muy informal
porque se había pasado el día completo caminando con su amiga por
la ciudad; por lo que le había hecho saber a él su estado de
vestimenta. Pasó por ella a una hora de la noche y desde que lo vio,
paró el tiempo. Se saludaron y bueno, el resto es historia.
Click.
La llevó a un lugar espectacular,
pequeño pero acogedor. La decoración era sencilla pero abrumadora.
Un lugar donde servían vino. Su favorito. Estaba encantada. El no le
quitaba los ojos de encima y ella comenzó a ponerse nerviosa porque
sentía su corazón latiendo demasiado. Platicaron, se rieron,
cantaron, se estaban conociendo; se querían conocer. Lo querían, y
mucho. Y luego pasó.
Su primer beso.
Rápido y ligero pero decidido.
Click.
Ella se quedó pasmada. No sabía a que
prestarle atención. Sus pensamientos se dividieron en muchas
fracciones. Se quedó mirándole fijamente. Le gustaba un buen y fue
en ese preciso momento en el que lo aceptó. La noche continúo. Ella
seguía maravillada por lo que estaba viviendo. Era increíble, era
de ensueño. Las horas no se sentían, eran invisibles. Copas iban y
copas venían y entre medio, varios vasos de agua. Esa misma noche,
conoció, por cosas de la vida, a sus mejores amigos y compartió con
un montón de personas agradables. Fue increíble todo. Actualmente,
puede cerrar sus ojos y es capaz de revivirlo otra vez.
Lentamente, fueron asimilando que el
reloj volvía a marcar la hora y que la magia de la noche pronto
terminaría. Todavía les quedaba el camino a casa. Una hora
adicional de poder verse la cara. Continuaban las conversaciones, una
tras otra. Se revelaron secretos, deseos, esperanzas, metas. No
paraban. Todo fluía. Recorrieron el camino completo agarrados de las
manos. La energía corría de una mano a la otra. Fue entonces cuando
los alrededores comenzaron a ser familiares para ella. Ya estaba
llegando a su destino. Se afligió por un segundo pero decidió
ignorarlo para asimilar el resto del camino junto a el.
Llegaron.
Detuvo el vehículo frente al
apartamento donde se suponía que ella debía bajarse y se miraron
por lo que pareció ser una eternidad. El tomó el primer paso.
Desabrochó su cinturón de seguridad, ella le siguió los pasos. El
levantó el brazo del asiento tanto el suyo como el de ella. Se
acercaron y sus labios se encontraron en el medio. Al principio fue
despacio y se podría decir que hasta con una pizca de miedo pero
después se tornó apasionado. Sus labios eran suaves y le atraían
como un imán. Encajaban perfectamente. El tiempo se detuvo una vez
más.
Click.
Click.
Click.
Su alma sentía una paz y felicidad que
al parecer hace siglos no sentía. Era algo nuevo. Algo que empezaba
a florecer. Decidieron intentarlo. Decidieron continuar conociéndose.
Después de esa noche, no volvieron a
verse personalmente pero si mantuvieron contacto. Las llamadas se
tornaron más frecuentes y las conversaciones; por muy cortas que
fueran, seguían fluyendo. La agenda de ambos no le permitieron re
encontrarse una vez más antes de que ella partiera de nuevo a su
punto de salida.
Ella se marchó.
Se marchó deseando poder haberlo visto
un segundo más, aunque fuese llegando a último momento a ese gran
aeropuerto pero no pasó así. Pudo hablar con él unos pocos minutos
antes de que se cortara la llamada y no pudiera volver hacer conexión
telefónica hasta que pisara su isla.
Pero sí deben saber, ella no dejó de
pensar en él un solo momento que duró en los cielos. Salvo cuando
dormía. Ahí revivía todo lo que vivió conjunto a las personas que
la acogieron de una manera increíble. Al aterrizar, sintió plena
satisfacción de haber realizado aquel viaje ya que fue mucho mejor
de lo que se hubiera imaginado y pasaron cosas fuera de la agenda.
Llegó siendo más fuerte, no necesariamente por su encuentro con
Joel, sino por que cumplió su promesa de dejar todo atrás una vez
esa ave de acero levantara las ruedas del suelo de donde ella
provenía. Volvió a enfocarse en sus alrededores. Debía buscar su
equipaje para luego salir. Sonrió. Esperaba con ansias recuperar la
señal telefónica de su país para poder avisarle que había
llegado. Y al segundo de hablarle, el la estaba esperando despierto.
A las tantas de la madrugada. Y lo confirmó. Confirmó que si era
posible vivir una realidad que pareciera un sueño. Decidió confiar.
Confiar plenamente en el flujo de la vida, confiar en que ese
encuentro fue el que ella estaba esperando sin saberlo. Su
serendipia.