domingo, 23 de abril de 2017

Serendipia

Había contado cada uno de los días, las horas, los segundos para que llegara aquel día. Ya hacía cuatro meses que lo esperaba con las más grandes de las ansias. Su corazón se aceleraba de tan solo pensarlo.

Mañana.

Todo empezó luciendo como un día normal. Los pájaros aún no cantaban por lo temprano que debía levantarse para ir a trabajar. La alarma suena como de costumbre y ella debe apagarla. Se toma un vaso de agua que se encuentra en la mesita de noche al lado de su cama y después coloca los pies encima de sus sandalias. Espera unos minutos para que su cuerpo termine de levantarse y luego, automáticamente, se pone de pie. Sus ojos se dirigen inmediatamente a aquella maleta que se encontraba en la esquina de la habitación. Silenciosa. En espera.

Que empiece el conteo.

Según pasaban las horas, los acontecimientos marchaban como de costumbre. Aunque dentro de su ser, la emoción se estaba cociendo y la adrenalina comenzaba a subir. Pasadas las once de la mañana, Estella ya no toleraba el latido de su propio corazón. Quería salir disparada de su ambiente laboral y comenzar la aventura que adquirió con el sacrificio de sus bienes y el esfuerzo de su alma atormentada.

Ella lo merecía.

Ese día, era la culminación de una etapa oscura en su vida. Enterrar los muertos y florecer a través del estiércol que irónicamente, le sirvió como el mejor de los abonos.

Tuvo que irse temprano, salir. Quería acercar más las horas, independientemente de que ellas solas sabían el camino que debían recorrer. Lo habían hecho durante los últimos cuatro meses por lo que solo era su ansiedad anticipada al gran evento. Llegó nuevamente a su casa y decidió relajarse.

Pero, no pudo.

Al entrar a su habitación, ahí estaba aquella maleta. Y sonrió. Sonrió como no había sonreído en lo que parecía una eternidad. Sus ojos se llenaron de las llamadas lagrimas de felicidad y empezó a prepararse para la hora cero.

No iba a morir. Empezaría a vivir.

Faltando sólo seis horas para el despegue, comenzó a pasillar. Para su suerte, contaba con suficiente carga para poder escuchar algunos de sus discos favoritos. Arribó al número que le habían asignado y en ese mismo momento, la esquina de sus ojos recibieron una energía que movieron cada hueso de su cuerpo.

“Joder. Dios, acaso tú no cojes esa?”, pensó.

No aquí, por favor. No donde todo individuo es enemigo, donde cada quien tiene que velar por sus bienes, donde ya muy pocas veces se escuchan fuertes carcajadas al menos que andes con familiares o en grupo; y ni así. No en el lugar donde todo el mundo es considerado un terrorista.

“Joder”, murmuró.

No sabía que hacer por lo que continuó pasillando. Recorrió el mismo camino dos veces antes de tomar una decisión. Se sentó dándole la espalda. No quería afrontar nada. No era ni el lugar ni el momento según ella. Pero la vida le tenía otros planes. La batería de su celular comenzó a drenarse rápidamente y continuaban los cambios en la hora del despegue postergándose cada vez más, por lo que las matemáticas no cuadraban y tenía que hacerlo. Debía cargar su celular. Eso requería una cosa.

Acercársele.

Al llegar al pilar de los tomacorrientes, levantó su mirada por una fracción de segundo y fue allí cuando le vio claramente. Entonces, desaparecieron todas sus dudas. Ella,al ser muy intuitiva, sabía que era él el que habían visto hace unos momentos por la esquina de sus ojos. Era su energía. Y Santo Padre Amado, como se sentía atraída por aquella fuerza. Se sentó, mirando directamente a donde había colocado su celular y no le quitó los ojos de encima al aparato; salvo los segundos que se usan para parpadear. Y luego pasó.

Sonó el celular.

Quién le hubiese dicho a ella que ese momento sería uno para la historia.

Sentía que sus pies se movían pero no recordaba el momento en que su cerebro les dijo que se pararan y caminaran. Tomó la llamada y sonrió, eran buenas noticias. Terminó la llamada pero empezó la sensación. Sintió un corrientazo. Aquella persona, ese que había visto desde una esquinita de sus ojos y que luego vio totalmente por una fracción de segundo, comenzó a platicar con ella.

Click.

Recuerdan cómo en las películas supuestamente se detiene el tiempo? Pues así pasó con esas dos almas. El tiempo voló y ninguno supo a donde fue. Cabe destacar, que en el transcurso de todo esto, inocentemente intercambiaron sus números. Llegó la hora de despedirse ya que a pesar de que se dirigían al mismo destino, no compartían la misma aeronave. La escoltó hasta la misma entrada, donde se encontraba la agente de inmigración, donde ya no le permitirían el paso, porque ese no era su vuelo. Se miraron, intercambiaron unas últimas palabras y se abrazaron. Se detuvo el tiempo nuevamente. Los segundos se tornaron en hielo, duros como la roca, parecían no moverse, pero la realidad era otra. Ella debía abordar. Y lo hizo.

Llegó a la siguiente madrugada. Por un momento, lo que había pasado el día anterior parecía un sueño o un recuerdo distante. Su emoción subió porque sabía que estaba a solo unos minutos de
re encontrarse con su amiga del alma. Salió y vio a una multitud, pero no los veía a ellos. Decidió dirigirse hacía la salida, cuando escucho aquella diminuta voz pronunciando su apodo. Miró. La vio y su corazón lloró de una felicidad inmensa. Todos se dirigieron hacia la salida.

Click.

Se detuvo por una milésima de segundo y miró a su alrededor pero no vio nada.

Cuando volvió su enfoque, se percató de que su amiga le pasaba un chaleco blanco para el frío. Se lo puso y se dirigieron hacia el vehículo. La primera, de una de las mejores noches de su vida apenas empezaba.

Conoció al esposo de su amiga y a la hermana de él. Seres espectaculares. Fue una noche de las carcajadas más largas que Estella había tenido en todos su años de vida. Dentro de todo esto, se tomó unos minutos para mandarle un mensaje a Joel y fue cuando descubrió que no podía ponerse en contacto con el. Intentó llamarlo para avisarle que había llegado bien y para preguntarle lo mismo (como habían quedado antes de despedirse), pero la llamada tampoco salía. Le invadió la preocupación. Comenzó a temer que todo lo vivido quedaría en ser solo un sueño, un recuerdo. Comentó sus nervios a su amiga y esta le aseguró que en la casa tendrían señal para que ella se pudiera comunicar con el. Disfrutó el resto de la noche.

Las dos chicas hablaron horas muertas. Tenían demasiado que contarse. Hablaron tanto que se quedaron dormidas cerca de las seis de la mañana.

Al despertarse, pudo conseguir señal y fue cuando le entraron los mensajes. Se había comunicado con ella esa misma madrugada. Sonrió. Luego le contestó. Y así se mantuvieron en contacto; mediante mensajes de voz y de texto, hasta que pudieron coordinaran para volverse a ver. Sus amigos y ella se encontraban perdidos en la gran ciudad pero estaban muertos de la risa debido a eso. Nada, absolutamente nada podía terminar la felicidad que vivían a pesar de estar perdidos. Lo tomaron como una aventura. Caminaron cuadra tras cuadra sin encontrar su destino y fue cuando finalmente decidieron caminar y asimilar la grandiosidad de aquel lugar. Simultáneamente, se estaba poniendo de acuerdo con él para poder verse.

Quien le hubiera dicho a ella que la gran manzana sería el lugar donde se escribiría todo lo que pasó durante su estadía en el país de los sueños.

El punto de encuentro fue en la 42nd con 8th street. Los amigos de ella sentían los nervios que ella les transfería pero que al mismo tiempo intentaba calmar. Ella podía sentir cada paso que daba y cada respiro que tomaba. Llegaron al punto. No vio a nadie. Llamó y preguntó por su localización geográfica. Al minuto lo sintió.

Click.

Se dirigía hacia ellos a través de una gran multitud. El encuentro fue lo más natural del mundo. Y fue entonces presentado a una parte de su círculo de amistades. Terminaron todos en un pequeño bar, compartiendo y relatando anécdotas. La noche terminó más rápido de lo que esperaba pero sentía que no sería la última vez que lo vería. Pasaron varios días en los cuales ocurrieron llamadas telefónicas, mensajes de texto y de voz, mensajes de buenos días, de buenas noches y demás.

Una noche lograron salir. Solos.

La denominada primera cita.

Estella se encontraba muy informal porque se había pasado el día completo caminando con su amiga por la ciudad; por lo que le había hecho saber a él su estado de vestimenta. Pasó por ella a una hora de la noche y desde que lo vio, paró el tiempo. Se saludaron y bueno, el resto es historia.

Click.

La llevó a un lugar espectacular, pequeño pero acogedor. La decoración era sencilla pero abrumadora. Un lugar donde servían vino. Su favorito. Estaba encantada. El no le quitaba los ojos de encima y ella comenzó a ponerse nerviosa porque sentía su corazón latiendo demasiado. Platicaron, se rieron, cantaron, se estaban conociendo; se querían conocer. Lo querían, y mucho. Y luego pasó.

Su primer beso.

Rápido y ligero pero decidido.

Click.

Ella se quedó pasmada. No sabía a que prestarle atención. Sus pensamientos se dividieron en muchas fracciones. Se quedó mirándole fijamente. Le gustaba un buen y fue en ese preciso momento en el que lo aceptó. La noche continúo. Ella seguía maravillada por lo que estaba viviendo. Era increíble, era de ensueño. Las horas no se sentían, eran invisibles. Copas iban y copas venían y entre medio, varios vasos de agua. Esa misma noche, conoció, por cosas de la vida, a sus mejores amigos y compartió con un montón de personas agradables. Fue increíble todo. Actualmente, puede cerrar sus ojos y es capaz de revivirlo otra vez.

Lentamente, fueron asimilando que el reloj volvía a marcar la hora y que la magia de la noche pronto terminaría. Todavía les quedaba el camino a casa. Una hora adicional de poder verse la cara. Continuaban las conversaciones, una tras otra. Se revelaron secretos, deseos, esperanzas, metas. No paraban. Todo fluía. Recorrieron el camino completo agarrados de las manos. La energía corría de una mano a la otra. Fue entonces cuando los alrededores comenzaron a ser familiares para ella. Ya estaba llegando a su destino. Se afligió por un segundo pero decidió ignorarlo para asimilar el resto del camino junto a el.

Llegaron.

Detuvo el vehículo frente al apartamento donde se suponía que ella debía bajarse y se miraron por lo que pareció ser una eternidad. El tomó el primer paso. Desabrochó su cinturón de seguridad, ella le siguió los pasos. El levantó el brazo del asiento tanto el suyo como el de ella. Se acercaron y sus labios se encontraron en el medio. Al principio fue despacio y se podría decir que hasta con una pizca de miedo pero después se tornó apasionado. Sus labios eran suaves y le atraían como un imán. Encajaban perfectamente. El tiempo se detuvo una vez más.

Click.

Click.

Click.

Su alma sentía una paz y felicidad que al parecer hace siglos no sentía. Era algo nuevo. Algo que empezaba a florecer. Decidieron intentarlo. Decidieron continuar conociéndose.

Después de esa noche, no volvieron a verse personalmente pero si mantuvieron contacto. Las llamadas se tornaron más frecuentes y las conversaciones; por muy cortas que fueran, seguían fluyendo. La agenda de ambos no le permitieron re encontrarse una vez más antes de que ella partiera de nuevo a su punto de salida.

Ella se marchó.

Se marchó deseando poder haberlo visto un segundo más, aunque fuese llegando a último momento a ese gran aeropuerto pero no pasó así. Pudo hablar con él unos pocos minutos antes de que se cortara la llamada y no pudiera volver hacer conexión telefónica hasta que pisara su isla.


Pero sí deben saber, ella no dejó de pensar en él un solo momento que duró en los cielos. Salvo cuando dormía. Ahí revivía todo lo que vivió conjunto a las personas que la acogieron de una manera increíble. Al aterrizar, sintió plena satisfacción de haber realizado aquel viaje ya que fue mucho mejor de lo que se hubiera imaginado y pasaron cosas fuera de la agenda. Llegó siendo más fuerte, no necesariamente por su encuentro con Joel, sino por que cumplió su promesa de dejar todo atrás una vez esa ave de acero levantara las ruedas del suelo de donde ella provenía. Volvió a enfocarse en sus alrededores. Debía buscar su equipaje para luego salir. Sonrió. Esperaba con ansias recuperar la señal telefónica de su país para poder avisarle que había llegado. Y al segundo de hablarle, el la estaba esperando despierto. A las tantas de la madrugada. Y lo confirmó. Confirmó que si era posible vivir una realidad que pareciera un sueño. Decidió confiar. Confiar plenamente en el flujo de la vida, confiar en que ese encuentro fue el que ella estaba esperando sin saberlo. Su serendipia.  

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